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Erguido el ocaso se despereza
entre los altos edificios
que como gigantes dormidos
esconden, celosos, el mar.
Las sombras se tambalean
ocultándose en los rincones,
presagiando la oscuridad.
 
El cielo se vuelve plomizo
y la lluvia salpica mi cara
con jaspeados de luz y de plata
en juego inocente, infantil.
El aire huele a humedad.
 
Por las calles me deslizo
entre luces y recuerdos
de una ciudad que fue testigo
de pesadillas y sueños,
de mis risas y mis llantos
y que hoy parece extraña.
Avanzo errante
sin rumbo fijo ni destino.
Bajo mis piés, un suelo helado.
 
Tan solo el murmullo del agua
en su dulce caricia a las gárgolas
irrumpe en el silencio,
y el sonido de mis pasos
parecen así marcados
por el ritmo acompasado
de un tamboril.
 
Desde el hastío me interno
en la insondable región de mi mente.
Busco con afán
en la espesura de los recuerdos,
donde ebullen las tinieblas
entre esperas y pausas,
donde el océano bravío
inunda... ahoga... mata.
 
Las imágenes trepidan
entre la piel y el alma.
Pasan calles y plazas,
aguaceros y sequías,
pasan astros y cometas,
calendario de mis días.
 
Vacilo exhausta...
Los sueños caen atrapados en el vacío,
en medio de la nada.
Mi mirada se pierde,
en el mundo de la desesperanza
y de los fantasmas.
Angie Ayllen Flores

Del libro:
"Secretos del alma"
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Reservados todos los Derechos de Autor.
  
 
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