Camino lentamente, entre robles añejos y acebos erguidos. El difuso sendero traga con avaricia la resonancia de mis pisadas que como imaginarias catedrales abatidas por raros monstruos, se confunden con el aroma del agorero viento.
Los pies cansados, cual océanos dilatados, luchan contra huracanes que me arrastran hacia la derrota amarga de mi vida.
La garganta seca de tantos gritos, el cuerpo enfermo, las emociones reprimidas, las ansiedades contenidas en un suspiro, la desolación, el hastío...
Me siento a orillas del viejo río. Mi frágil figura, como sombra esquiva, se refleja en el cristal claro de sus aguas.
La visión se hace imprecisa y la oscuridad de los miedos dormita su demencia en la agonía de mi sangre, que como secretos mares recorren el rutinario cauce de grises desvíos, susurrando el eco de la fatiga.
Poco a poco la oscuridad se acuna en el negro de la noche. Los últimos latidos del vehemente ocaso se diluyen impacientes entre las sombras, que enajenadas avanzan como convulsos fantasmas de irreverente revancha.
En un loco frenesí de creciente murmullo las estrellas una a una van encendiéndose parpadeantes, temblorosas, titilantes... y como aves en sueño hacen guiño sobre los tejados indiferentes y sobre la senda que se hace cada vez más delgada.
El ruido desordenado de mi pulso silba en el silencio de la incertidumbre. Ya no tengo alas para ofrecer y el reloj marca los instantes finales de mis días que se extinguen volátiles, como cometas en fuga.
Mientras marcho hacia el último horizonte veo llorar a los ángeles a través de sus armaduras y veo el placer en los ojos de los demonios reflejados en sus espadas.
¡Es tan corta la vida! ¡Tan efímera!. Mi aliento, con el hambre de la esperanza en suspenso, se extingue en lastimosos lamentos ante la límpida angustia del protocolo de la muerte, y la sutil trama de su helado velo se abate sobre el vasto desierto de mi cuerpo.