Dedicada al abuelo Alberto, con todo el amor de sus nietos.Dedicada al abuelo Alberto, con todo el amor de sus nietos.





Mi figura se recorta en la semipenumbra de la intimidad de mi alcoba. Miro a través de la luz difusa mientras los pies descalzos se deslizan sobre la gruesa alfombra, lentamente, hacia la ventana. Mis ojos están fijos en los copos helados, que en una increíble sinfonía de imágenes centellean afanosamente sobre los cristales.

La mirada se pierde en el horizonte, que se cubre de una sombra serena. La oscuridad se eleva en una profunda evocación de enigmas y misterios, desconcertantes, mientras las nubes espesas escurren sus vestidos blancos sobre una ciudad desdibujada.

Los recuerdos se agolpan, inevitables, intempestivos, inexorables, en la lista de espera de mi mente. Despliegan sus alas y vuelan hacia la profunda región de mis pensamientos. Como un violín henchido con su carga de adagios, me asaltan en una marea irremediable de sensibilidad y nostalgia, de deseos y ansiedades que las penumbras no pueden ocultar.

A medida que las imágenes delinean mi mente y comienzan a proyectarse cobrando formas, puedo notar las cálidas lágrimas agolpándose detrás de mis párpados. Las sensaciones de ese pasado avizoran el presente en un eterno halo de misterio que, como alondra indivisa, navegan por el vasto imperio de mi alma en un abrazo sin fronteras.

Los momentos vividos con mi abuelo renacen como la caricia del arroyo seco que renace a la vida. Estoy de nuevo en esa época feliz, cargada de ilusiones.

Como si empuñara la magia del tiempo... puedo sentir su presencia misteriosa, de energía elevada, sentado sobre el pasto turgente bajo el viejo roble, arropado por flores que estallan en una amalgama de aromas que impregnan su piel de infinitas fragancias.
Mientras las estrellas parpadean caprichosamente bajo el eterno cielo, su figura cincelada por una profunda dulzura se entrecorta a la luz de la luna, distraída en mil reflejos sobre su cabellera.

Sigo muda. Incapaz de balbucear palabras bajo la bóveda negra, estática. Sólo escucho la brisa suave y el rumor de los árboles al recibir su caricia que, como música magnífica, seduce el sueño en el que estoy sumergida.

"Revivo también aquellas navidades. Nosotros sentados a la mesa, engalanada con el mantel de hilo blanco, y los sordos murmullos de las voces que me producían una sensación de excitación creciente. La caricia de sus gestos... el amor en su mirada... el hogar a leña... mis mejillas sonrojadas.
Recuerdo, cuando el estrépito de las bengalas, que como un torbellino de infinitos colores estallaban bajo la bóveda encapotada iluminando con su luz el níveo manto blanco, nos descubría rompiendo a carcajadas, porque entre ambos una extraña perfección gravitaba"

Suspira el viento jugando con los cristalinos conos de hielo, que como rayos de plata brillan colgados del tejado.
Persigo afanosamente esas imágenes, invisibles, que anidan en mí desde la infancia y sólo yo veo. Se desvanecen, como se desvanecían los árboles al fondo del parque a medida que las luces se apagaban.
A lo lejos, los dulces acordes de una suave melodía son arrancados como inesperados regalos desde las teclas gastadas de un viejo piano.


Angie Ayllen Flores          

Para el abuelo Alberto,
quien lleva pintada a Granada en sus ojos,
con todo el amor de sus nietos.

Del libro:
"Secretos del alma"
Prohibida su reproducción sin autorización expresa.
Reservados todos los Derechos de Autor.



                    

                    

Música: Recuerdos




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